En el frío de una media mañana
las montañas son saludadas
por campos de arándanos
bajo un cielo transpirado de lavanda
con pájaros que acarrean sonatas
y horizontes tornándose cada vez más azules.
Una voz que resuena en mis oídos
el vapor del té empaña mis lentes
volutas verdes que suben danzando
a través de la ventisca
hasta el gorro que contiene mi cabello
todo rojo
desafiando los muros vegetales.
Estiro los dedos y toco
mojo mis dedos dorados en la yunga
atrapo los haces de luz
siento sus cosquillas, me río
respiro sus pétalos y el musgo
su hiedra ruda y helada
copos que caen en la luz de mis ojos.
Los pájaros que levantan vuelo
y el Hombre de las estrellas
los acaricia con sus pestañas.
La noche apenas se cierra
sobre mi ciudad recostada en los cerros
brotes de luciérnagas explotan
se incendia el silencio
prendiéndose en la nube que nos atraviesa,
nos empapa
mientras esperamos ver las luces lejanas
de la gente que se ha quedado en casa.
En la penumbra desaparece
el último rastro del Hombre de las estrellas.
Ha dejado un guiño escondido
para saludar a los extranjeros.
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